La noche del aterrizaje
El vuelo se retrasó cuarenta minutos. Arrastró el equipaje fuera de la terminal con el cuello rígido como oxidado y, en el móvil, los materiales de la reunión de mañana a las nueve. El coche la llevó directamente a aquella puerta: le recogieron las maletas, la sala ya estaba tibia, y hasta el té se lo habían preparado una taza más cargado que de costumbre.
Esa sesión no buscó profundidad. Primero las piernas, para bajar la hinchazón de cinco horas de vuelo; el cuello y los hombros se aflojaron despacio; la segunda mitad fue casi silencio, y entre el sueño y la vigilia escuchó a la terapeuta bajar la música.
Al día siguiente
A las nueve de la mañana siguiente entró en la sala de reuniones con paso ligero. El director del otro lado de la mesa la miró de arriba abajo: ¿Acabas de volver de vacaciones? Ella sonrió y no explicó nada.
Quien vive entre ciudades lo entiende: recuperarse no es un lujo, es equipamiento. Desde entonces su maleta llevaba una cosa más: una tarjeta con el número de la concierge, guardada detrás del pasaporte.


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